Pau Solá-Morales, director de la escuela EINA

Yo soy de una generación más joven, los hijos de los hijos del baby boom, y a nosotros ya no nos apelan los recuerdos de los primeros días del Flash Flash. Si acaso, son los recuerdos de nuestros padres y tíos.

Con los años, a medida que aumentaba nuestro poder adquisitivo, hemos ido frecuentado esos locales y descubierto su grandísima calidad. Ahora, las sucesivas restauraciones y mejoras han ido borrando paulatinamente ese pasado. Pero a cualquier conocedor de las modas, el interiorismo y la cultura de los años 60, el local le recordara esos momentos de atrevimiento y modernidad, plasmados en los sofás y las mesas de fórmica blancas, y las fotografías de la pared. Me pasaría horas admirándolo...

No es un local cualquiera, y sigue teniendo mucho de esa modernidad, que sus propietarios han ido reforzando con un servicio y una comida simple y de calidad.  Esa es la marca de la casa.

 

Manuel Outumuro: “El Flash Flash es ciencia ficción”

Texto Xavier Mas de Xaxás / Vídeo de Poldo Pomés - Manuel Outumuro descubrió el Flash Flash siendo un estudiante de diseño en la escuela Masana pero no empezó a frecuentarlo hasta más adelante, cuando trabajaba en la revista Por Favor con Manuel Vázquez Montalbán y Jaume Perich, pareja a la que se sumó Forges y un elenco de periodistas y dibujantes con mucho sentido del humor y la justicia.

 

A Outumuro, que en el tardofranquismo estaba muy lejos de dedicarse a la fotografía y la moda, el Flash Flash le parecía un restaurante “de ciencia ficción”. Le recordaba al Milky Bar de La naranja mecánica. Asegura que “era muy Kubrick” y muy rompedor al poner de moda algo aparentemente tan sencillo y antiguo como una tortilla.

Manuel Outumuro nació en Ourense pero desde muy pequeño ha vivido en Barcelona, salvo un paréntesis de cuatro años en Nueva York. De la lucha contra Franco pasó a la moda de la mano de Elsa Peretti, su maestra, pero antes estudió diseño gráfico en la escuela Massana. Al principio de su carreta e encargaba de diseñar la imagen de muchos creadores y ayudó a muchos fotógrafos de moda a preparar las sesiones.

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Tortilla de Betanzos al estilo Carballeira

Betanzos es un pueblo cerca de A Coruña, situado allí donde arranca la ría que lleva su nombre, famoso por una forma de hacer las tortillas de patatas que consigue lo imposible: que los integristas de la tortilla con cebolla acepten que también hay vida en el mundo sin cebolla.

Si ustedes van a Betanzos encontrarán una veintena larga de establecimientos para probarla. Dos, sin embargo, sobresalen por encima de la media, Casa Miranda y Sinuessa. Casa Miranda ha ganado cinco veces el concurso a ciegas de la Semana de la Tortilla, una fiesta que se celebra a principios de octubre. Sinuessa, tres y es el vigente campeón. Teniendo en cuenta que sólo se han celebrado diez ediciones de este torneo, la superioridad de estos dos restaurantes es evidente.

 

 

En futuras ediciones estaría bien que participara el restaurante Carballeira, que lleva 75 años en Barcelona y sus tortillas de Betanzos son legendarias.

La tortilla de Betanzos se hace con patatas blancas, si son gallegas y kennebeck, mucho mejor. Se cortan en rodajas finas, no tanto como una patata chips, pero sí delgadas y con forma irregular. Los huevos han de ser muy frescos y camperos, con una yema grande y dura. Se baten para que queden rotos pero no hay que batirlos mucho, solo lo justo para mezclar bien la yema con la clara.

El chef Pedro Sánchez asa las patatas en un horno con brasas, pero como es difícil que usted tenga uno en casa, puede freírlas en aceite caliente pero no mucho para que queden confitadas.

Es muy importante que la tortilla quede melosa, incluso babosa. Esta es la seña de identidad de la marca Betanzos.

Pedro Sánchez añade dos toques que son característicos del Carballeira. La tortilla lleva chorizo fresco y no es plana y redonda, sino que se dobla, como una tortilla a la francesa.

 

Croma, el hijo moderno del Flash

Texto Xavier Mas de Xaxás / Foto José Hevia - Nunca es tarde para tener un hijo y mucho menos si apenas tienes 50 años. Ha sido ahora, en la cincuentena, cuando el Flash Flash ha decidido tener descendencia. El recién nacido se llama Croma by Flash y está en la Avinguda Diagonal 640 de Barcelona. Como suele pasar con los restaurantes, este es un hijo que ha nacido crecido.

Croma conserva todo el ADN Flash Flash pero tiene ideas propias. Su estilo también es diferente. El padre Flash, en la calle Granada del Penedés, es un clásico contemporáneo. El local, diseñado por Federico Correa y Alfonso Milá, inalterable desde 1970, ha vencido el paso del tiempo y ya siempre será un icono.

Ante las ganas de ampliar el negocio, lo más fácil para las familias Pomés y Milá, socios mayoritarios, hubiera sido clonar el Flash. Es lo que se hizo en Madrid en el 2008. Las franquicias funcionan así. Replican sin innovar.

Croma no es un clon. No lo es desde el punto de vista de la arquitectura y no lo es desde el punto de vista de la gastronomía.

Iván Pomés (Llamazares Pomés Arquitectura), autor del proyecto arquitectónico, es un gran funambulista. Camina sobre el alambre tensado de la historia sin titubear. Parte del Flash de 1970 y llega al Croma de 2020 sin perder el equilibrio.

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En la cresta de la ola: El Flash Flash en la exposición del Ideal Centre d’Arts Digitals sobre la memoria fotográfica de Barcelona

Texto Xavier Mas de Xaxás / Foto Ideal Barcelona - No sé si ustedes sueñan en colores o blanco y negro, pero qué duda cabe que el blanco y negro infiere a nuestras memorias una pátina de realismo e intimidad que quizás el color no consigue.

La memoria fotográfica de Barcelona es obra de una decena de fotógrafos que supieron tomarle el pulso a una ciudad que entre los años cincuenta y setenta fue despertando poco a poco de un largo y triste letargo. Entre ellos figuran Leopoldo Pomés, Francesc Català-Roca, Xavier Miserachs, Oriol Maspons, Joana Biarnés y Colita. Los seis protagonizan la última exposición del Ideal Centre d’Arts Digitals, en el Poble Nou de Barcelona.

El plato fuerte de esta muestra es una catarata de imágenes en una sala de mil metros cuadrados. Veintisiete proyectores colocan las fotografías de estos artistas en las paredes y el suelo, incluso sobre los cuerpos de los espectadores. Seis bloques de cinco minutos, uno por fotógrafo, en un recorrido de media hora que se repite en bucle.

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El Flash Flash divierte, que no es poco

 

Leopoldo Pomés y Alfonso Milá nunca hubieran montado el Flash Flash si no hubiera sido un proyecto divertido. No sabían nada de restauración, no conocían el negocio y 'escandallo' era una palabra que no estaba en su diccionario. Un prominente empresario de la hostelería en la Barcelona de 1970, al que llamaron para compartir ideas, les vaticinó la ruina y si no le hicieron caso fue porque eran unos insensatos con más ganas de pasarlo bien que de ganar dinero.

Pomés y Milá tenían muy claro que el Flash Flash debía recoger el ambiente inconformista y moderno que empezaba a colarse por las rendijas que dejaba abiertas la dictadura. La vecina calle Tuset era lo más cerca que estaba España de la Europa laica, democrática y desinhibida que había empezado a tostarse en las playas de Ibiza, Mallorca y la Costa Brava.

Al Flash no le ha costado mantener aquel espíritu fiestero porque lo lleva en el adn. La fiesta del décimo aniversario y también la que se montó en noviembre de 1995 para celebrar las bodas de plata lo demuestran. Sin la maldita pandemia, el párking Tave ya hubiera acogido la gala de los 50 años.

 

El Flash Flash y otros pactos con el diablo

Por Joaquin Luna - Mi infancia no son recuerdos de un patio de Sevilla sino un puñado de lugares de Barcelona que por edad no me correspondía descubrir y a los que mi padre o mis tíos me llevaron por sorpresa. Lo que hoy diríamos “mágicos”, donde asomaba el mundo adulto. Uno fue el Gran Price, santuario del boxeo, donde con diez años asistí a una velada un sábado por la tarde con púgiles extranjeros “primera serie” -un cartel de postín, vaya-. La entrada en la sala oscura, ruidosa y el ring magnético bajo los focos, en un ambiente popular, fumador y masculino, fue inolvidable.

Del Gran Price ya no queda casi ni el recuerdo pero, en cambio, el Flash-Flash sigue tan encantado de conocerse a si mismo como la noche, pocos días después de su inauguración, a la que me llevó mi padre a cenar después de que mi hermano Miguel quedase ingresado en la Clínica Teknon por un ataque de asma, nuestra madre al lado. A una hora muy tardía –al día siguiente había cole- y por sorpresa –como los buenos reportajes y las mejores cosas de esta vida-, me tomé la primera tortilla en un ambiente en las antípodas del Price porque allí destacaban las mujeres hermosas, esas que uno persigue toda la vida con más entusiasmo que éxito. Fui, a los once años, un rehén feliz de mi padre.

-Esta chica es una modelo famosa.

Esa fue la frase cumbre que recuerdo –supongo que para que le oyera la modelo famosa y yo no me durmiese-, bajo una iluminación singular como la del Price pero dirigida al lucimiento colectivo y no al de dos tipos en calzones que se abrazaban sudorosos después de darse una tunda. Yo creo que sudar, lo que se dice sudar, nunca he visto sudar a nadie en el Flash.

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La tortilla Merceditas

Xavier Mas de Xaxás - Ignasi Domènech (1874-1956) es el referente de la cocina catalana contemporánea. Escribió una veintena de libros que sirvieron de guía para muchos y muchas cocineras, profesionales y caseros. En uno de estos libros, Àpats, publicado en 1930, hemos encontrado una tortilla de bacalao que se llama Merceretes. Esta tortilla se incluye desde los inicios en la carta del Flash Flash: nosotros la llamamos tortilla Merceditas y es un gran ejemplo de la cocina de aprovechamiento que tanto caracteriza la gastronomía catalana.

 

Àpats es una recopilación de 400 recetas con las que se elaboran 50 menús. Es una herramienta muy práctica para la cocina doméstica que conecta con otro de sus libros fundamentales, La Teca, donde también organiza "todo tipo de comidas sencillas o de etiqueta", como él mismo dice en la introducción.

La tortilla Merceretes -no sabemos en honor de qué Mercè la creó- es una manera muy catalana de aprovechar las sobras, en este caso el bacalao. Creo que una de las mejores aportaciones de la cocina catalana es precisamente el aprovechamiento. El pan con tomate es el gran ejemplo, como también lo son los canelones de San Esteban. Las ollas y las tortas serían otros. Nada se tira, todo se aprovecha.

El bacalao, que en Cataluña llegaba en salazón desde el Cantábrico, es uno de los productos más populares de la cocina catalana. Domènech coge lo que ya está cocinado pero de lo que no queda suficiente para hacer otro plato. Él lo mezcla con un tomate sofrito y lo pone encima de una tortilla de cebolla.

En este vídeo, Jordi Miranda, cocinero del Flash Flash, nos explica paso a paso la receta.

"Aquesta truita s'acostuma a fer amb sobrants de bacallà guisat, quan ja no en queda quantitat suficient per a fer-ne un altre plat. En aquest cas el bacallà sobrant es desossa i talla en tires fines, es guisa novament amb un bon tomàquet fregit bes assaonat. Es fa una truita rodona amb ceba fregida, daurada bé per ambdós costats. Al damunt i al mig mateix de la truita s'hi col·loca el bacallà amb tomàquet, formant un grup alt."

 

El publicista Juan Campmany en El Mirador del Flash de 1995.

Xavier Mas de Xaxás - Una de las muchas señas de identidad de la calle Tuset eran las agencias de publicidad. Tándem era una de ellas. La dirigía Juan Campmany. Fue él quien descubrió el local donde está el Flash. Había conocido a Leopoldo Pomés en la agencia Tiempo, también en la calle Tuset. Pomés era director creativo y socio de Tiempo, la agencia que había creado Leopoldo Rodés, uno de sus grandes amigos.

Leopoldo le encargó a Campmany que le buscara un local en la zona de influencia de la calle Tuset para una tortillería que quería montar con Alfonso Milá. Fue así como dio con el almacén que había enfrente de un aparcamiento en la calle Granada del Penedès.

Campmany recuerda que uno de los grandes aciertos de Leopoldo y Alfonso fue no hacer publicidad del restaurante que acababan de abrir sino conseguir que los clientes se convirtieran en su publicidad. El cliente del Flash es alguien “a quien muchos quieren parecerse” –dice Campmany en esta entrevista- y no hay publicidad que pueda superar este gancho.

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Javier de las Muelas en la barra del Flash

Texto de Xavier Mas de Xaxás y vídeo de Poldo Pomés - Javier de las Muelas (Barcelona 1955) es un cantinero, un barman destacado, impulsor de la elegancia en locales donde la gente acude, sobre todo, a compartir experiencias, y que desde hace años se expanden por el mundo de la mano de la marca Dry Martini.

El Flash no es un bar de copas, ni una coctelería histórica o de lujo, pero para Javier de las Muelas es uno de esos locales que imprimen carácter a una ciudad. Las ciudades, como explica en esta entrevista, pueden leerse de muchas maneras, a través de sus calles, de su gente, de sus monumentos y comercios. De las Muelas cree que la lectura más acertada es la que se realiza a partir de sus bares y restaurantes.

El Flash Flash de 1970 ayuda a transformar una Barcelona gris y desconectada de Europa, a remarcar ese carácter innovador y cosmopolita que hoy sigue siendo una de sus señas de identidad.

 

 

Durante la entrevista, De las Muelas menciona el American Bar que Adolf Loos construyó en Viena en 1908. Es un espacio reducido, de apenas 27 metros cuadrados, diseñado por el arquitecto que introdujo en Europa una arquitecta contemporánea, libre de ornamentos superfluos. El modernismo había levantado edificios en Viena, como Barcelona, Bruselas y otras ciudades burguesas y europeas, a finales del siglo XIX. Si Loos hubiera sido catalán, habría despreciado la quincallería del Palau de la Música e impulsado el Noucentisme.

Son las líneas rectas y sencillas las que también definen al Flash. Alfonso Milá y Federico Correa, como destaca De las Muelas, crearon un clásico contemporáneo para quien el tiempo ya no tiene importancia. Sigue siendo hoy tan nuevo como en 1970. Barcelona no hubiera sido la misma sin el camino que abrió el Flash y otros locales de los años setenta. Entre ellos, el Gimlet de Javier de las Muelas. Es imposible entender el carácter de la ciudad sin entender a las personas que impulsaron estos refugios y a las que acuden a ellos con ganas de compartir mucho más que un cóctel o una tortilla

La tortilla del maestro

Por Xavier Mas de Xaxàs - El Flash Flash fue la primera tortillería de España. La segunda seguramente fue Les Truites de Joan Antoni Miró.

Han pasado más de 40 años y Miró es hoy un maestro tortillero. Nadie ha soñado más tortillas y nadie ha sido capaz de convertir tantos sueños en realidad. Su creatividad parte de una idea absoluta: todos los platos, sean los que sean, pueden ser tortilla y, en consecuencia, todas las combinaciones son posibles si el cocinero, además de ideas, tiene un par de huevos.

Un par de huevos es el título, precisamente, de su último libro, un recetario psicodélico de tortillas imposibles. Dos ejemplos de esta desmesura creativa son la tortilla de cruasán y jamón ibérico (la que más se pide en su restaurante) y la de higos con patatas y semillas de hinojo.

Para estos 50 años del Flash, Miró nos prepara una tortilla de patatas con jamón cocido y butifarra negra, en la que el jamón puede sustituirse por bacon. La prepara en la cocina del Truites y la deja dorada por fuera y babosa por dentro, como le gusta a la gran mayoría de sus clientes.